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ENTREVISTA REVISTA PRONTO A JESÚS MÉNDEZ MARTÍNEZ

NOVIEMBRE DEL 2008

 

FRAGMENTO SACADO DEL PERIÓDICO LA VANGUARDIA

Los inmigrantes llegados a Almería se convierten en empresarios

Los herederos de los agricultores rechazan invernaderos que los ex trabajadores adquieren encantados  |  Sostienen en Almería que en cinco o diez años la mayor parte del campo será de dueños marroquíes

El marroquí Salah Baih dice que los españoles antes no le miraban mal, pero ahora le miran mejor. La diferencia es que antes era peón agrícola y ahora, dueño de un invernadero de 2,2 hectáreas en Campohermoso, Almería. Para ello ha tenido que trabajar de sol a sol y suscribir una hipoteca de 265.000 euros. Por fin trabaja su propia tierra.

El ascensor social funciona

Lento, pero el ascensor social funciona incluso en la Almería que hace apenas ocho años protagonizó el ataque xenófobo más grave habido en España. Si continúa la adquisición de tierras iniciada hace un par de años, muchas fincas de El Ejido, Roquetas de Mar, Dalías o Níjar acabarán en manos de aquellos moros,como les llamaron entonces y que tuvieron que escapar de los ataques protagonizados por una multitud que les culpaba del incremento de la delincuencia en la zona. La semana pasada, Salah Baih acudió a la Guardia Civil a denunciar un robo en su finca: hubo dos detenidos, marroquíes como el empresario. Dicen Salah, Ahmed, Abdelrrahim y Mohamed que cuando ellos eran peones creían que los jefes se hacían ricos con su trabajo. Ahora que son jefes reconocen su error. Pagan a sus empleados el salario fijado por el convenio y se quejan de lo poco que se esfuerzan en producir.


Hace 17 años, Baih desembarcó en Gibraltar en una patera que había zarpado de Ceuta: no traía ni zapatos. Procede de Beni-Mellal, la región marroquí con más emigrantes. En estos años ha traído, mediante ofertas de contrato, a medio centenar de familiares y amigos. Da trabajo a cuatro mujeres marroquíes, al frente de las cuales está su esposa, Rouzki.

La familia de Salah Baih no es una excepción. Decenas de inmigrantes han empezado a adquirir o arrendar tierras, a convertirse en empresarios, jefes llaman allí a los propietarios de invernaderos. Otro marroquí, Ahmed el Hichou Alí, lleva en España más tiempo que Salah. Veinticinco años le han cundido para casarse con Soraya (bilbaína que conoció en Lleida) tener cuatro hijos, adquirir la nacionalidad española y, hace poco, comprar tres hectáreas de invernaderos por 540.000 euros, para lo que hipotecó tres viviendas, incluida una de sus suegros en Almería. Emplea a una marroquí y a una lituana. El problema de Ahmed es el mismo que el de todos los agricultores, cuenta, que los intermediarios son como sanguijuelas que se llevan todo el beneficio.

El acceso a la propiedad choca con los bancos, que han cerrado el grifo de las hipotecas, más aún a inmigrantes. Por eso Ahmed Bahrí, que tiene arrendadas 10 hectáreas en Murcia, todavía no ha podido cerrar la compra de la finca que vende Montserrat Jiménez en el Campo de Níjar por 390.000 euros. Pero su paisano Mohamed el Moudin posee 1,1 hectáreas y lleva otro invernadero en alquiler. Y Abdelrrahim gestiona dos hectáreas en régimen de arrendamiento.

Campohermoso, Ruescas, San Isidro… son poblaciones con fuerte implantación de los marroquíes, en muchos casos, con bastantes años a las espaldas de trabajo para los agricultores andaluces. En gran medida, el acceso de los inmigrantes a la posesión de la tierra se debe a que los hijos de los campesinos autóctonos no quieren ver los invernaderos ni en pintura. Algunos han estudiado y ejerce profesiones cualificadas y, la mayoría, simplemente dedica su tiempo a malgastar el dinero ganado por sus padres.

El resultado es que, al jubilarse, los propietarios venden los invernaderos que tanto les costó levantar a los únicos que muestran ilusión por la tierra, los marroquíes. Otros vendieron atraídos por la fiebre de la construcción o por la crisis de costes que sufre la agricultura.

Hace 15 años, Francisco Montoya dio trabajo a Salah Baih nada más verlo, aunque antes tuvo que proporcionarle unos zapatos y ropa. Cuando hace seis años enfermó, Montoya, que no tiene hijos, le arrendó el invernadero a Baih y más tarde se lo vendió. Es el ciclo natural de la vida, dice ahora. Otro almeriense con invernadero en Campohermoso es Juan Rodríguez. De sus dos hijas, ninguna quiere hacerse cargo del negocio. "Dentro de cinco años me jubilaré y venderé la finca a quien pague más, probablemente a un marroquí porque son los únicos que aún tienen ganas de sacar esto adelante", afirma.

El director de una oficina de Cajamar en Campohermoso, que prefiere no dar su nombre, confirma que abundan los inmigrantes que acuden a informarse sobre préstamos para adquirir invernaderos, pero los precios de la tierra son elevados y las condiciones de las hipotecas, duras. Ahmed Bahrí ha pedido créditos en tres entidades para comprar una finca, sin éxito, pese a que tiene tres viviendas y que son siete hermanos dispuestos a trabajarla.

Jesús Méndez, corredor de fincas (aquitienesloquebuscas. com) afirma que la mitad de sus clientes son marroquíes y que al menos el 10% de los propietarios de esta comarca son ya marroquíes. "Los españoles no queremos trabajar debajo del plástico y a este paso, en cinco o diez años todo el campo será de ellos", señala. El gerente de una empresa agrícola asegura que en la comarca hay al menos un centenar de marroquíes propietarios o arrendatarios, varios de ellos clientes y buenos pagadores.

 

FRAGMENTO SACADO DEL PERIÓDICO EL MUNDO

FENÓMENO | LOS NUEVOS PROPIETARIOS DEL PLÁSTICO

 

Alá se queda con los invernaderos
En Almería se está produciendo un fenómeno imparable: los famosos invernaderos son comprados y explotados por marroquíes que llegaron sin nada. Brahim no cobra el paro del que habló Rajoy. Es dueño de 24.000 metros de tierra fértil

 

PACO REGO

 

Brahim es un tipo con suerte. Antes de que el sol rompa en el horizonte cada mañana, con el rezo del Corán cumplido, Brahim El Kanzaoui, 40 años, casado y padre de cuatro hijos, sale de su casa de Campohermoso en busca de la fortuna. «Cuanto más doblo mi espalda bajo el plástico, más me favorece la suerte», dice curvándose adrede el espinazo. Hay más verdad que broma en las palabras de este bracero marroquí de origen humilde. El hombre que no pisó la escuela de Beni-Mellal, su ciudad natal, que empezó recogiendo melones y calabacines para hacendados españoles a cambio de 12 euros al día, hoy puede presumir de sus cinco invernaderos. Su tierra prometida, por la que un día cruzó el Estrecho en barco para poder alimentar a los suyos, suma ya 24.000 metros cuadrados. Brahim, el peón que se convirtió en patrón. No es el único.

En la semana en que Mariano Rajoy ha vuelto a poner a los inmigrantes en la diana de su discurso más duro -«Hay 180.000 extranjeros cobrando el seguro de desempleo mientras 20.000 andaluces se han tenido que ir a vendimiar a Francia», espetaba el pasado lunes en el Congreso de los Diputados el presidente del PP, como si el paro fuese un regalo -en los campos de Almería brota en silencio una nueva clase empresarial -jefes llaman en Africa a los propietarios de tierras- bajo los plásticos que cubren la llamada huerta de Europa. Se llaman Salah, Najat, Mohamed, Rachida... Nombres, todos ellos, que esconden historias de sufrimiento y desarraigo. De vidas, a veces, marcadas por una amarga y peligrosa travesía en patera que intentan olvidar. «No más. No más», murmura Salah, llegado casi desnudo en una barcaza a la costa de Tarifa y hoy dueño y señor de dos invernaderos que ocuparían un campo de fútbol de Primera.

Los hay en Ruescas, San Isidro, Puebloblanco, Campohermoso... Allí, a 45 grados a la sombra, decenas de inmigrantes, en su mayoría marroquíes, han echado raíces con sus familias. Son los nuevos triunfadores de la comarca de Níjar, cuya población, en su mayoría, habla árabe. Han empezado a adquirir o arrendar las tierras almerienses, a convertirse en empresarios de las fincas de labranza donde hasta hace poco cultivaban hortalizas de sol a sol por un mísero puñado de euros. El ejemplo cunde por los pueblos de la Andalucía oriental.

«En cinco o 10 años, como mucho, la mayoría de los invernaderos estarán en manos de marroquíes. Es gente muy ahorradora, que sabe sufrir. No como los españoles». El pronóstico lo hace Jesús Méndez, 26 años, agente inmobiliario y corredor de fincas. Sobre la mesa de su oficina de Campohermoso (www.aquitienesloquebuscas.com) se apilan montones de solicitudes de compra de terrenos, invernaderos y casas y un buen puñado de peticiones de préstamos a cajas y bancos. Aunque algunos empiezan a venir de países del Este, son «los empresarios marroquíes los que están tirando de la economía. Los nativos ya no quieren seguir pasando calor en los invernaderos. Muchos viven por encima de sus posibilidades y terminan endeudados hasta las trancas. Pero los inmigrantes no. Son buenos pagadores. Son el futuro», augura Méndez.

A media tarde los invernaderos se vacían. Faltan nueve días para que el Ramadán concluya y el obligado ayuno -no pueden probar bocado ni siquiera beber agua hasta bien avanzada la hora de la cena- ha restado energía a sus dueños y trabajadores. Brahim, fuerte como un toro, tiene que echar una corta siesta para reponerse antes de atender a Crónica. Vive en una casa de dos plantas, pintada de blanco por fuera y por dentro, que él ha ido ampliando ayudado por sus hermanos -tiene siete- y algún que otro amigo. Una foto enmarcada de Rosa, la popular cantante de Operación Triunfo, cuelga de la pared que da a un saloncito encalado. Hoy es fiesta en casa del patriarca. Zoubida, la esposa, carga una olla que podría dar de comer a un batallón. «Ahora puedo hacer fiestas. Invito a todos los que quieran venir a mi casa», dice orgulloso Brahim, que en cuanto puede se pone a hablar de lo buenos que son los calabacines, los tomates o lo melones que cosechan sus 10 empleados -todos marroquíes- en sus cinco invernaderos. Atrás han quedado los días de penurias. La habitación alquilada por 25 euros al mes en la que dormía (ganaba 12 euros por jornada), las 16 horas al día que pasaba, casi sin aliento, bajo los plásticos, los desaires de algunos patronos... «No guardo rencor a nadie», afirma. «Al contrario, estoy agradecido, incluso a quienes no me han tratado bien. Esta es ya mi tierra y la de mis hijos, y aquí quiero morirme». ¿No volverá a Marruecos? «No, nunca. Tampoco me gustaría que lo hicieran mis hijos. Me gustaría que estudiaran y formasen un hogar en España».

DE LA PATERA AL NEGOCIO

La misma ilusión que animó al bracero Salah Baih, vecino de Brahim en Beni-Mellal, a cruzar el Atlántico con lo puesto. Ahora es dueño de un invernadero y tiene otro alquilado. En total, 20.000 metros cuadrados de tierra fértil donde crecen tomates, sandías y pepinos. Se hizo con ellos hace dos años. «Me va bien», dice mientras fumiga su huerto. Para adquirirlo ha tenido que suscribir una hipoteca de 265.000 euros. «No es tanto dinero si uno es capaz de hacer realidad un sueño», justifica Salah, de 39 años. Ha podido traer a medio centenar de amigos y familiares. Con él trabajan cinco mujeres compatriotas, al frente de las cuales está su esposa, Rouzki.

La primera vez que pisó suelo español fue hace 16 años. No traía ni zapatos. Tras bajarse de la patera en Tarifa, echó a correr sin mirar atrás. Tuvo suerte. Al menos vivió para contarlo. «Me fui andando hasta Granada. Tenía tanto miedo, que decidí esconderme una temporada en la sierra. Sólo comía higos salvajes y hierbas». Hasta que otro marroquí le habló de Campohermoso. Y Salah volvió sobre sus pasos. Empezó de jornalero en los invernaderos de españoles, luego se cambió a una fábrica de ladrillos y de ahí otra vez a currar al amparo del plástico. A 16 euros el jornal. De sol a sol. Y aún así, dice, «pude ahorrar». Su fórmula: «En casa todo el mundo trabaja. No se derrocha un céntimo. No se tira nada. Por eso yo puedo ahora dar trabajo, como en su día otros me lo dieron a mi», remata satisfecho este padre de cuatro hijos y ya abuelo.

COLAS EN LA CAJA

Las cosas, sin duda, están cambiando. Según Jesús Méndez, el joven corredor de fincas almeriense, sólo en la comarca de Níjar, una de las zonas con mayor número de inmigrantes africanos, en la actualidad hay al menos un centenar largo de marroquíes que ya han pasado de peones a propietarios o arrendatarios de invernaderos. Síntoma inequívoco de este boom es la abundancia de inmigrantes que a diario acuden a la oficina de Cajamar en Campohermoso para enterarse de las condiciones de los préstamos.

Mientras, al otro lado del Estrecho, el país vecino intenta seducir a los empresarios españoles con prometedoras ofertas en el campo: casi 100.000 hectáreas de tierra fértil ha puesto el Gobierno alauita a disposición de quien quiera arrendarlas para su explotación.

A Rachida, sin embargo, la oferta apenas le inquieta. Su futuro y el de su familia, insiste, está entre los mares de PVC que cubren las tierras de la comarca de Níjar. Entre los ahorros de su trabajo como asistenta y los de su marido, perito agrícola y recolector de invernadero, más un crédito bancario que ha solicitado, quiere hacerse con un terreno y convertirse en empresaria. «Me piden 140.000 euros, pero si el español me hace una pequeña rebaja, se lo compro. Vendo esta casa y me hago otra más humilde al lado del invernadero. Y si triunfo...», imagina Rachida, madre de dos niñas de dos y cuatro años, mientras pela unos tomates para la cena que sigue al Ramadán.

Razones no faltan. Tampoco escasean las historias de éxitos. Uno de los más celebrados en el pueblo almeriense de Puebloblanco es el de Mohamed El Moudden, con fama de hombre serio, de buen pagador, y su esposa Najat. De ser un estanquero pobre en Tánger -«mal ganaba para comer»- ha pasado a vivir en una casa de 700 metros cuadrados, con dos furgonetas y un turismo, que mantiene gracias a los dos invernaderos que adquirió hace tres años. «Cuando voy a Tánger me tratan como a un rico, sin serlo aún. Me ven como alguien intocable, con poder, y entonces me acuerdo de cuando dormía en las calles de Lérida, adonde me fui la primera vez que pisé España para buscarme el pan. Y en Málaga y en tantos otros sitios. Me acuerdo de cuando, por ser marroquí, no me alquilaban una habitación para pasar la noche. Pero Alá es grande...». Y Mohamed vuelve su mirada al Corán que cuelga de la pared y da gracias. «De momento no quiero que se meta en más compras. Trabaja demasiado. Ya hemos conseguido vivir bien. ¿Para qué más?», tercia Najat, al tiempo que le acaricia el pelo a una de sus dos hijas pequeñas.

DESEMBOLSO MILLONARIO

Con su proyecto de vida a medio concluir, Mohamed es otro de los que no tiene pensado regresar a su país. Y aunque su esposa intente frenarlo, se le ve dispuesto a ampliar su negocio de invernaderos. No es fácil. Hacerse con una de estas parcelas en Almería supone tener que desembolsar entre 120.000 y 400.000 euros, dependiendo del tamaño.

Najat, que no deja escapar detalle, se aparta discretamente de la conversación y al rato aparece en el amplio salón con una bandeja de metal repujado. Nos invita a café. La mujer se ha puesto el velo. Curro, el fotógrafo, les ha pedido que posen para Crónica en familia. Una de las imágenes piden que sea bajo un cuadro en relieve del Corán. A Najat le hace ilusión, cuenta que el profeta enseña a vivir con humildad.

También en casa de Brahim El Kanzaoui los mandatos religiosos se siguen a rajatabla. «Nunca hagas daño. Sé honrado y triunfarás», sentencia el patriarca en estos tiempos de crisis. «¿El dinero? Sí, tengo. Gano y doy a ganar dinero. Mucho dinero. Y he triunfado. Soy feliz».

 

Titular de periódico El mundo donde se entrevista a Jesús Méndez Martínez.  
Jesús Méndez Martínez también ha sido entrevistado en televisión francesa France 3.